Los famosos al diván | Juan Leyrado, el hombre optimista

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Mientras protagoniza la obra Henrik Ibsen, un enemigo del pueblo, en el Teatro Regio, describe el derrotero que atraveso hasta convertirse en quien se sigue subiendo al escenario o poniéndose delante de una cámara con el mismo desparpajo que su niño interior

l ¿Cuán largo fue el camino que lo trajo hasta aquí?

-Cuando uno no anda, no mueve la cabeza ni el corazón. La mejor manera de conocer tu propio interior es andando por dentro, pero no en plan turístico.

l Su tránsito, ¿tuvo muchas idas y vueltas?

-Montones, pero así son los caminos y, en definitiva, ese derrotero me condujo a este presente.

l ¿Ya dejó de andar?

-No. Es más, sigo transitando las cosas casi de la misma manera, con el mismo ánimo, pero algo más tranquilo.

l ¿Cómo es su paisaje interno?

-Como la naturaleza es sabia, cuando el paisaje interior está muy poblado, como en mi caso, uno no necesita correr tanto. De todos modos, siempre hay mucho para recorrer. En este viaje nunca hay que detenerse.

l ¿Hay que ir a velocidad crucero?

-No siempre. En mi caso, en algunos tramos puse el pié en el acelerador y por conducir en alta velocidad choqué un par de veces.

l ¿Salió ileso?

-A veces, pero a medida que fui entendiendo de qué se trataba la vida retomé el viaje a velocidad crucero. Jamás puse piloto automático.

l ¿Es usted un buen conductor?

-No lo sé pero, al menos, conduje mi propio viaje con serenidad.

l Actualmente, ¿en qué puerto de su vida se encuentra?

-Estoy siempre con las velas levantadas, para no perder ningún viento, intentando no quedarme encallado en ningún puerto.

l ¿Deja que la vida lo sorprenda o tiene medido cada paso?

-Yo no soy precavido. Eso no está dentro de mi estructura.

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l Para bien o mal, ¿las circunstancias lo moldearon?

-Creo que las circunstancias aparecen y uno reacciona con lo que tiene a mano.

l Con los años, ¿se tornó más exigente o indulgente?

-Antes, era exigente con los demás e indulgente conmigo. Hoy soy muy exigente conmigo y muy indulgente con los demás.

l ¿Alguna vez se sintió al borde del precipicio?

-Metafóricamente, caminé un par de veces sobre una cornisa.

l ¿Cómo es esa sensación?

-Es una sensación en la que uno tiene puesta la energía en otro lado y, por lo tanto, no advierte que abajo está el vacío. Uno está tan compenetrado con el camino que eligió, que no tiene conciencia del peligro y recién, cuando está abajo y mira hacia arriba se da cuenta donde estuvo y no lo puede creer. En rigor de verdad, nunca caminé por cornisas muy angostas y antes de subirme a alguna me aseguré que su ancho me permita cierta distracción.

l ¿En qué causas se embandera?

-En las vinculadas con mis sentimientos esenciales y con mis ideas básicas sobre la vida, el hombre y el Universo.

l Esta época, ¿se parece en algo a la que soñaba de joven?

-Cuando yo tenía 25 años veía el mundo con la mirada de un muchacho de esa edad. Ahora, observo todo con una forma distinta. De todos modos, creo que hemos involucionado mucho.

l ¿Es posible un mundo mejor?

-Sí. Este mundo puede ser mejor, en la medida que nos vinculemos mejor con la naturaleza y volvamos, con toda la experiencia adquirida, al origen. Si en el orden científico el hombre ha hecho cosas maravillosas para la humanidad, cómo no pensar que podemos construir un mundo mejor. Igualmente, esto no es una cuestión de la voluntad, es un combo en el que cada uno debe aportar algo desde lo individual. Por difícil que sea el desafío, no hay que dejar de intentarlo.

l El arte, ¿puede contribuir a mejorar la vida de la gente?

-Sí. El arte tiene que ver con eso, porque surge de un sentimiento, de una vibración, de una idea, de un sueño, de un sonido, que es lo más cercano a la naturaleza y es una forma de reencontrarnos con una parte nuestra. En este sentido, el hecho artístico es esencial para la vida de la gente.

l Por último, ¿por qué hace lo que hace?

-Porque desde que lo empecé hacer sentí que había algo que no me quería perder y que tenía que ver con el juego, con ese desprejuicio de la niñez, con esa cosa angelical, nueva, sana, clara desde la cual se pueden construir muchas cosas que no se pueden edificar con el rótulo de: “ya sos joven, ya sos grande, ya sos viejo”. Siempre sentí que no debía abandonar al niño que llevaba dentro de mi y que hoy me sigue iluminando cada vez que subo el escenario o estoy delante de una cámara. Ese niño abastece al hombre que soy y hace que no sienta vergüenza de llorar, de reír, de hacer payasadas y de disfrazarse de otros delante de mucha gente. A ese niño lo cuido, lo nutro y lo acompaño. Ya somos inseparables en esta maravillosa aventura de vivir.

l ¿Qué lo hace distintoa sus colegas?

-En verdad, todos somos distintos. Yo no me siento ni más ni menos que nadie. Incluso, hay colegas que me gustan muchísimo más que yo.

l Un actor, ¿cuándo puede decir: “Tarea cumplida”?

-Cada vez que termina una función, pero después viene otra y otra, y otra tarea. Ojalá que siempre haya una nueva tarea por cumplir.

l ¿Le molesta el examen que le exige su profesión?

-Jamás viví a la actuación como un examen. Lo que deseo es que lo que hago me guste, porque eso me hace sentir bien. Sólo y nada menos que eso.

l En el teatro, ¿el aplauso final es lo más parecido a la gloria?

-Para un actor, ese aplauso es la gasolina que se necesita para seguir transitando por el fascinante mundo de la actuación.

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